martes, 12 de octubre de 2010

El testimonio que impulsó la causa

El testimonio de Raquel Barabaschi, estudiante de la Universidad Tecnológica de General Pico cuando fue detenida en 1976, tuvo por un lado el tono calmo sin rencor de la víctima, pero a la vez la fuerza del alegato de una militante que desde 2004 impulsó la causa que finalmente llegó al juicio.
Barabaschi relató sus detenciones en diciembre de 1975 y en marzo del 76. De la segunda, indicó que a los pocos días del golpe militar fue apresada y subida a una camioneta junto a José Brinatti, Victorino García y otras compañeras de la UTN y trasladada a la comisaría de Pico. "A la noche comenzaron a llegar más detenidos, mis otras compañeras y compañeros de Facultad”.  A las pocas horas fueron llevados a la Seccional Primera de Santa Rosa.

"Estuve un día en una celda con Rosa Audisio y Mireya Regazzoli, y luego me llevaron a una oficina que no tenía ventanas ni colchón y tenía que dormir sentada", indicó. Allí recordó haber visto a una mujer de apellido Rodríguez que estuvo unas horas en esa oficina y que estaba "muy maltratada", y al ex ministro de Obras Públicas, Santiago Covella, al que observó muy golpeado. "Se escuchaban a la noche muchos ruidos, llantos y gritos de horror, y yo no podía comprender qué pasaba. No se podía dormir", dijo.
Después vino el terror. "Una noche llegó la celadora Nilda Storck con un paño negro acompañada de un oficial o policía de apellido Gualpas o Gauna. Me esposan, me sacan y suben por una escalera a la planta alta. Me paran en un cuarto y sin decir palabra me dan una fuerte trompada en el estómago y hacen que me caiga. No podía defenderme. Me levantan, me sientan y me ponen las esposas por detrás rodeando la silla. Me interrogaron una hora y media o dos esa vez. Dentro de la oficina había entre ocho y diez personas porque había distintas voces y pasos. Y me empiezan a preguntar a qué célula montonera pertenecía, sobre los jefes, de las armas. Me apoyaron una pistola en la sien y jalaron el gatillo", relató.
"Me dijeron si conocía la picana, ya que no quería hablar. Era la voz de (Carlos) Reinhart, pude reconocerla porque tenía voz de pito y la había escuchado antes. 'Ahora la vas a conocer', y siguieron preguntando cosas incoherentes, por los libros, los compañeros. Pude saber que estaba medio oscuro, que había una lámpara y se escuchaba una música sacra que salía de un wincofón. Ahí conocí lo que era la picana. Había un ruido como una soldadora eléctrica. Antes recuerdo que tenía un pantalón de jean y una camisa blanca. Me desprendieron los botones y el corpiño y me comenzaron a manosear. Me tomaron el cierre del pantalón y empecé a temblar, en ese momento escucho: 'Esta es tortillera'. Y pararon el manoseo, tenía 20 años y no sabía el significado de esa palabra. Esta gente es homofóbica y tal vez por eso no me violaron", comentó ante el tribunal.
"Donde primero me aplican (la picana) fue en el hierro de las esposas y se me transmitió la corriente a todo el cuerpo. Luego en los ojos, por lo que por mucho tiempo quedé con deficiencia para abrir el ojo izquierdo. También en la boca, me abrían la boca y me daban en los dientes, la lengua. Sentía que me moría. Y luego en los pechos. Después cuando me llevaron a la oficina no podía reconocer mi cuerpo, estaba con los pezones destrozados y sin poder aliviarme, sólo contaba con mi saliva porque no me podían dar agua", rememoró.
No fue la única vez que la torturaron. Barabaschi relató que fueron al menos cuatro sesiones. Posteriormente fue llevada a una celda donde quedó sola, aunque en el pabellón estaban Graciela Espósito, Rivoira, Audisio y Gancedo. Estas dos últimas por señas llegaron a indicarle que habían sufrido las mismas sesiones de tortura. La mujer relató que cantaban en el pabellón para saber que estaban todas. Era "Zamba de mi esperanza", hasta que una tarde quedó ella sola.

"Otra noche volvieron a llevarme y con el mismo proceso. Trompadas, golpes, cachetadas, interrogaban por armas y por un policía que había muerto en Pico. Yo no había ido al baño en todo el día y me oriné. Esto no lo conté antes por vergüenza, pero fue más por pudor, porque vergüenza debería darle a ellos. Entonces empecé a recibir la corriente que empezaba a subir desde mi pierna hasta mi vagina, era porque la aplicaban al pequeño charco de orín que había en el suelo. Ese fue Yorio, yo lo supe años después porque un amigo (al que luego individualizó como el oficial Atilio Navarro) de la infancia me lo confirmó porque se lo había confesado él mismo mientras se reía", dijo la víctima.

Barabaschi rememoró que pedía agua a gritos pero que las celadoras no podían dársela porque había sido picaneada poco antes y que pasó 48 horas sin beber. "Las dos celadoras, Storck y Toldo, me traían pañuelos mojados y me recostaban en sus brazos. Ahí me confirmaron que los que torturaban eran Fiorucci, Cenizo, Reinhart, Constantino, tres militares de los que sólo conocía a Baraldini". También observó en las celdas a otros detenidos como Clemente Bedis, Rodolfo De Diego, Nicolás Navarro y Justo Roma, que también fueron torturados. Dijo además que su familia pidió por su libertad ante el obispo Adolfo Arana, pero que sólo recibió como respuesta que no la habían sabido educar.
Barabaschi fue liberada en abril. "Fuimos con Stella Maris Barrios (una compañera detenida), hasta una oficina y estaba Baraldini y me dice que me tenía que dejar en libertad porque mi madre había ido a pedirle. Pero con libertad vigilada y que no volviera ni a estudiar ni a Pico. Sólo podía quedarme en Winifreda", dijo. Al hablar de Baraldini, afirmó: "Yo me sentía Pulgarcito ante esta gente".
La ex detenida recordó que tomó un colectivo con sus ropas deshechas y llegó a Winifreda. "Las cuatro cuadras que caminé hasta la casa fueron las más largas que he caminado en mi vida. Sólo quería bañarme, sacarme de encima el horror, el manoseo, la tortura", comentó.

No pudo retomar sus estudios ni trabajar hasta 1983. Cada vez que salía de Winifreda debía comunicarlo a la comisaría donde debía firmar en un cuaderno. La dictadura se ensañó además con su familia. La chacra de sus padres fue allanada por militares, como también la casa de su hermana mayor, Norma. Sus dos hermanas debieron alejarse de Winifreda, Norma para trabajar en Santa Rosa y Marita para poder estudiar y trabajar. Mientras, la familia continuó bajo vigilancia.

Luego de su relato, Raquel se levantó ante el aplauso de los presentes en la sala, que duró varios minutos, y se abrazó con su abogado, Miguel Palazzani. Las muestras de cariño continuaron en la planta baja del Colegio de Abogados por parte de amigos, familiares y militantes. Los últimos fueron sus hijos, y su esposo, Luis Barotto que estaba en la esquina ya que no puede ingresar porque debe declarar. Para la familia Barabaschi-Barotto, quedó en claro que con la declaración de ayer terminó un largo camino que comenzó a recorrerse hace 34 años.

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